“La materialidad básica de las experiencias vividas que conforman nuestras historias de vida,

está hecha de redes más o menos palpitantes de intercambios del sentir, desde donde

creamos colectivamente intensidades y sentidos de nuestras existencias”

(Castillón, 2019)

El proyecto nace de un interés por las ecologías afectivas propias del Pacífico Colombiano, como esas maneras particulares en el que los afectos y los sentires se movilizan en pro de la defensa y conservación de un territorio.

De estas redes de sentires participan todos los seres vivos de un territorio. En el caso del pacífico es posible hablar de la existencia de una filosofía ecológica distintiva caracterizada por relaciones de respeto y hermandad entre las comunidades, los ríos, las plantas y los animales. (Arocha, 1999) Es allí en territorio, donde las comunidades del pacífico pueden realizarse física y culturalmente, encuentran sus parientes, reposan sus ancestros y encuentran sentido sus relatos. Desafortunadamente en los últimos años y con especial intensidad en los últimos meses, estas relaciones de hermandad y equilibrio que históricamente se habían constituido se han visto afectadas por la inclusión del conflicto armado, la explotación excesiva de los recursos naturales, las políticas de “desarrollo” de estado, el creciente peso de la extracción industrial y los alienantes modelos educativos para los jóvenes. (Escobar, 2010, p. 72) 

En este sentido resulta urgente desde un punto de vista ético y político el regreso al territorio y a las redes de afectos que se constituyen a su alrededor. Hemos encontrado que no existe mejor imagen para expresar esta conexión entre el territorio y las comunidades que el ritual de la ombligada a partir del cuál el destino de un ser humano queda física y espiritualmente ligado a un lugar. Estar ombligado a un territorio implica pertenecer a él y que éste a su vez pertenezca: es crear un lazo de sentires y afectos que recubren y dan sentido a la existencia misma.